Un documental que haya dado mucho que hablar: “Amy” (2015), Asif Kapadia

Cada año hay algún documental que llama la atención no solo de público y crítica sino de la sociedad en general. Habitualmente estos fenómenos estacionales involucran títulos de temática social (“Bowling for Columbine”, “Inside job”), medioambiental (“The cove”, “Blackfish”, “Una verdad incómoda”) o política (“Farenheit 9/11”, “The act of killing”, “Citizen Four”) todos ellos con una notabilidad mediática espléndida, gracias a un contenido aupado por conceptos noticiosos como revelación, descubrimiento, morbo, tragedia o escándalo. Y también, porqué no decirlo, gracias a las nominaciones o incluso victorias en los Premios Óscar.

Estos últimos años hemos visto como cierto género de documentales se abría camino hacia lo que nos gusta llamar “el cielo de los documentales”. “Searching for Sugarman” iniciaba la senda en 2013, y un año después le seguía “A 20 pasos de la fama”. Por su parte, “Amy”, hace apenas tres meses, terminaba de asfaltar el terreno de los documentales de temática musical. Parece que los documentales de héroes musicales (anónimos o no) comienzan a tomar protagonismo, por lo menos en el panorama “hollywoodiense”, el cual por suerte o por desgracia es lo que termina llegando al resto del mundo.

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Este particular fenómeno coincide con el gusto ya no solo de espectadores, sino de toda la sociedad occidental, por las historias que oscilan en torno al voluble concepto de la fama. Esto responde a ciertas inquietudes contemporáneas que se ven reflejadas en los productos audiovisuales de moda. El que de pronto, la fama y el reconocimiento público estén al alcance de todos, nos convierte en seres sensibles y preocupados por el devenir de nuestros héroes. Así, nos gusta contemplar sus vidas, puesto que al fin y al cabo ellos también son humanos imperfectos que sufren las paradojas y caprichos de una fama que hoy más que nunca se presenta como efímera y aleatoria.

Hasta aquí todo normal, ya que esta fascinación por las vidas públicas de “los que han triunfado” acostumbraba a materializarse o bien en productos televisivos o bien en “biopics”. De hecho, parece que en Hollywood han seguido una máxima en este último caso: “no desperdiciemos las interesantes vidas de las estrellas en hacer documentales, hagamos biopics, los biopics gustan a la gente y no son aburridos”. Y tres cuartos de lo mismo sucedía con los reportajes  televisivos, que bebían en gran parte del morbo y la curiosidad que sentía el público por los rincones más oscuros de las vidas de los artistas. Sin embargo, el riguroso terreno del documental permanecía siempre en un segundo plano, apto solo para “fans” o curiosos de primera. Ha sido con títulos como los antes mencionados, con los que se han abierto paso hasta el gran público.

En el caso de “Amy”, su éxito se basa especialmente en el perfil de su protagonista: Amy Winehouse.  Aún así, antes de nada hay que indicar que aunque encuentres una historia que valga la pena contar o un protagonista con una vida lo suficientemente llamativa como para hacer un documental, el éxito del mismo no está garantizado. Hay cientos de ejemplos de grandes documentales musicales que se han quedado en un segundo plano puesto que únicamente han llegado, como decíamos antes, a “fans” y curiosos de primera. “Amy”, sin embargo, ha conseguido abrirse camino no solo gracias a la trágica historia de su protagonista (algo que podríamos encontrar en documentales dedicados al punk, a Nirvana o a Janis Joplin entre muchos otros), sino a toda una serie de componentes relacionados con la mediatización de la sociedad. Diciéndolo claro, Amy Winehouse vivió, desde el principio de su carrera, en una sociedad hiperconectada, donde todo el mundo observaba con lupa todos sus movimientos. Algo que no sucedió con ningún otro artista musical objeto de documentales. Estos son los principales condicionantes para el éxito de un documental musical como “Amy”, el cual no innova especialmente ya que la narración y el formato responden a los estándares del género.

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Veámoslo con un ejemplo práctico.

Nirvana tiene una historia trágica, digna de ser contada. Sin embargo, su historia tiene que ser recuperada a través de recuerdos puntuales de una época  pre-hipermediatización. Cuando el grupo estaba activo, en los años 90, no había forma de saber dónde tocaban, tenías que enterarte semanal o mensualmente por prensa especializada, visionando VHS, etc. En el otro extremo tendríamos por ejemplo a Rihanna, diva actual del pop, nacida y crecida en la sociedad hipermediatizada. Estamos siempre conectados a sus movimientos, pero ella carece de una historia “digna de ser contada”. Amy Winehouse en cambio, reunió para su desgracia estos dos condicionantes, historia e hipermediatización, lo que dio lugar a un documental histórico, tremendamente popular.

NON EXCLUSIVE WORLD RIGHTS

Nosotros no creemos que “Amy” sea un buen documental por su formato, sus imágenes, o su investigación. No. Todo eso es convencional y adecuado a una fórmula que sigue el patrón: se reconstruye la vida musical de Amy Winehouse a través de testimonios de personas cercanas a ella mezclados con abundante material de archivo. 

Podríamos entretenernos en hablar sobre como el documental sirve para conocer a la figura humana que se escondía detrás de la máscara de “chica mala” de Amy Winehouse, o sobre como “Amy” pone las cartas sobre la mesa, señalando verdades y ajustando las cuentas para con los auténticos responsables de su muerte. De acuerdo, todo esto está muy bien, pero sin entrar a valorar a Amy Winehouse como artista o como persona, en nuestra opinión, “Amy” es realmente especial por la marca que deja su visionado, por la reflexión que uno puede hacer respecto a la sociedad que somos y la sociedad a la que nos encaminamos. El propio director de la película se esforzaba en remarcar el hecho de que prácticamente todo el material que encontró estaba en Internet, en foros, vídeos de Youtube o en medios de comunicación online. Asusta que la vida de alguien, aunque sea famoso, pueda estar diseccionada al milímetro en la red. ¿Es un precio justo por la fama?

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