Una película de Suecia, Noruega o Finlandia: “Mil veces buenas noches” (2013), Erik Poppe

Sabemos lo que estáis pensando, por el título bien podría ser una película de Isabel Coixet. Pues no, se trata de una coproducción noruega e irlandesa de éxito moderado.

Bien podíamos haber escogido algo de Kaurismaki, Bergman o Lukas Moodysson entre muchos otros, en definitiva, con un mayor “carácter nórdico” (dramas intensos, con gente de mejillas sonrosadas diciendo verdades que duelen). Sin embargo, en nuestra defensa diremos, que a pesar de que la película se rodó en Irlanda y África, y que apenas hay actores nórdicos, un buen porcentaje del presupuesto proviene del Instituto Noruego de Cine, y lo que es más importante, el director, Erik Poppe, es noruego. De hecho, a pesar de que el guión no es suyo, gran parte del personaje de Juliette Binoche proviene de la experiencia del propio director, el cual trabajó varios años como fotógrafo en conflictos armados alrededor del mundo.

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Tal vez, por el conocimiento de esta difícil profesión, la interpretación de Juliette Binoche destaca tanto, sacando adelante la película gracias a un personaje terriblemente complejo, lleno de conflictos y traumas internos que rompen una y otra vez con el entorno del personaje. Y aquí encontramos una de las principales pegas de “Mil veces buenas noches”, Juliette Binoche se luce, sí, pero a costa de un guión que se aprovecha de los traumas y las obsesiones profesionales de la protagonista, llevándola por un camino confuso y aleatorio, haciéndola ir de un extremo emocional a otro sin ton ni son. La película comienza abriendo un debate muy interesante sobre la ética periodística, pero por desgracia, termina convertida en un melodrama familiar más propio de una sobremesa de Antena 3 que de un film protagonizado por la gran Juliette Binoche.

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Así, en “Mil veces buenas noches” Juliette Binoche interpreta magistralmente a una fotógrafa de guerra, Rebecca, que vuelve a su casa para poder estar junto a su marido y sus dos hijas, pero al final la obsesión profesional hacen que un extraño “yo interno” se imponga a sus deseos familiares, desestabilizando de forma trágica a su entorno más cercano. De nuevo insistimos, bien dirigido, mejor interpretado pero francamente, no hay por donde coger el guión. Los conflictos internos de Rebecca para nada están bien definidos, ni siquiera aunque su comportamiento siguiera la definición de “loca” sería coherente. Juliette Binoche interpreta a un personaje desequilibrado, que oscila entre dos perfiles que a priori podrían haber funcionado muy bien: el de madre y el de fotógrafa de conflictos. Sin embargo, su personaje a ratos es profesional, a ratos quiere dejar su profesión, luego no puede parar de hablar de sí misma, luego calla, luego quiere a sus hijas, después no les hace ni caso… Un verdadero caos. Parece que todo tenía sentido sobre el papel, pero gracias a algunas escenas forzadas y a unos cuantos diálogos autocomplacientes, el esqueleto de la protagonista acaba por los suelos, perdiendo todo el sentido de sus acciones. De esta forma, Rebecca, además de perder credibilidad se vuelve insufrible por momentos, contaminando también al resto de personajes y a la película en su conjunto.

 

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