Entrevista a Miguel Castelo: Las ayudas públicas en el Cine Gallego.

Dídac Dalmases y Carlota Dans

Tras una serie de entrevistas, realizadas en torno a la exposición “CineGalicia25” de la Ciudad de la Cultura y el ciclo de cine organizado de forma paralela por el CGAI, hablamos con Miguel Castelo para tener otra visión sobre la historia del cine gallego.

Miguel Castelo es uno de los pioneros del cine gallego. Comenzó como cineasta en el colectivo audiovisual coruñés Imaxe, donde entra en contacto con las nacientes tendencias audiovisuales de Galicia. Su primera obra, “O pai de Migueliño” (1976), fue premiada en numerosos festivales nacionales e internacionales, al igual que su tercer y último cortometraje, “O desexo” (1992). Miguel Castelo tuvo una carrera talentosa y personal, aunque por desgracia no demasiado prolífica. Sin embargo, de alguna manera, siempre estuvo muy vinculado al audiovisual gallego, como crítico, periodista, realizador, productor, etc. Y no sólo eso, sino que hace treinta años formó parte del equipo que diseñó el primer sistema de ayudas públicas al cine gallego.

Seguimos los pasos de Castelo hasta un viejo estudio de arquitectura ubicado en los bajos de un enorme edificio del centro coruñés. Allí, de manera casi oculta, como el trabajo de Miguel Castelo, tiene lugar la entrevista.

 

1.- El cine gallego es un cine que, desgraciadamente muchas veces, para mantenerse necesita de las ayudas públicas. Tú que has estado ahí desde la creación, ¿cuál crees que ha sido el papel que han desempeñado estas ayudas públicas desde que surgieron hace veinticinco años? ¿Han sabido adaptarse bien a los tiempos?

Miguel Castelo.- Las ayudas públicas no se instituyen hace veinticinco años, se crean en 1984. Lo recuerdo muy bien porque formaba parte del equipo de trabajo de la Dirección Xeral de Cultura, al frente de la que estaba Luis Álvarez Pousa. Fue allí y en ese momento donde se tomó esta decisión de instituir las ayudas públicas a la producción audiovisual. Fernández Albor y Barreiro Rivas eran, respectivamente,  el presidente y vicepresidente de la Xunta, y Vázquez Portomeñe el conselleiro de cultura. Se trataba, a todas luces, de un ente interdisciplinar progresista organizando y dinamizando la producción y la distribución cultural del país dentro de un marco político conservador: una contradicción que no se podía sostener mucho tiempo. Tal es así que no llegó a cumplir el año.  Álvarez Pousa dimitió y con él lo hicimos la mayoría de los integrantes del equipo. Pero ahí quedaron las ayudas a la producción cinematográfica, al teatro, a  la música, el Centro Dramático… Y si el año es el 1984, estamos más próximos de los  treinta y un años que de los veinticinco. Y las ayudas públicas al cine, como a cualquier otro sector (pesca, agricultura, automoción, etc.), son de vital importancia. Antes, ahora y siempre.

2.- Pero, en el caso del cine especialmente, ¿por qué son importantes? ¿Por qué es importante subvencionar el cine gallego especialmente?

Miguel Castelo.- No hay nada de especial en el hecho de que el cine que se produce y realiza en Galicia reciba subvenciones. Lo contrario sería un agravio comparativo. Toda industria cinematográfica está subvencionada, incluso la norteamericana, la segunda más poderosa de todas las suyas. No recibe ayudas económicas, pero está sujeta a una ley de protección muy poderosa. Así como el cine norteamericano puede entrar en cualquier parte del mundo a través de un sistema de aranceles, no todo el cine del resto del mundo puede entrar en Estados Unidos y hacerle la competencia en su propio país. Qué mejor ayuda para una industria cinematográfica que una ley protectora fuerte… Las ayudas son importantes porque promueven y favorecen el desarrollo del sector. Lo necesario es que estén bien diseñadas y reguladas, que estén en consonancia con las necesidades culturales del país. En este sentido,  el caso gallego tiene sus particularidades: la orientación dada a las ayudas por los sucesivos gobiernos contribuyó a la instalación de una cierta perversión, la del “burro grande, ande o no ande”. La reiterada ayuda a los proyectos más industriales y previsiblemente más comerciales, tras los que están las empresas más grandes, fue creando una progresiva distancia entre éstas y las productoras más pequeñas, originando la aparición de la figura del director-productor ante la necesidad de asumir éstos la producción de sus proyectos, que los productores grandes no acogían.

3.- Sin embargo, hubo un momento, una etapa, en la que desde la propia Administración se intenta modificar esta situación.

Miguel Castelo.- Así fue. Esta atomización y doble tendencia del sector, fomentadas por la Administración, encuentran una solución temporal en el año 2006, cuando, tras la entrada del gobierno bipartito (PSOE-BNG), se crea la Axencia Audiovisual Galega, que dirige Manuel González.  Esto reduce, en cierta medida, la distancia entre grandes y pequeños. El cambio más notable se produce con la creación de las llamadas “ayudas a talento”, destinadas a los propios creadores, no necesariamente productores, justificables tan solo con la entrega del proyecto acabado. Pero este tímido cambio de tercio no dura, como se sabe,  más que una legislatura.  Y, en el curso de esta tentativa, los productores más grandes, pese a que la partida de estas ayudas es, en el marco general del presupuesto anual asignado al sector, notablemente inferior a las destinadas a los proyectos industriales, dan rienda suelta a la protesta. Pese a esto, la medida innovadora sigue su trayectoria y curiosamente, es a partir de 2009, con el PP de nuevo en el gobierno, cuando empiezan a verse sus frutos con el nacimiento de títulos diversos y singulares, algunos de los cuales obtienen incluso reconocimientos internacionales. Conviene aclarar que la permanencia de esta situación, ciertamente peculiar, es consecuencia de la indefinición en materia audiovisual de los nuevos gobernantes. Esto prolonga la vida de la Axencia y sus directrices (mayor diversificación en el nombramiento de las comisiones de selección, con sus consiguientes resultados, entre otras), y las ayudas directas a creadores continúan hasta la convocatoria del año 2011, quedando sin efecto la del 2012, si bien, ante las protestas de las empresas partidarias del negocio del cine industrial, su dotación económica se ve progresivamente menguada. Las movilizaciones de los afectados consiguen resucitarlas en 2013, pero ya con una configuración diferente: para cinco guiones y otros tantos cortometrajes, con una dotación total de 55.000 €. De nuevo, los cineastas más innovadores consiguen en 2014 la recuperación de los largometrajes, y la Administración se encarga de nuevo de introducir recortes dando carácter bianual a la convocatoria e imponiendo la concurrencia a la misma por medio de una productora o bien en la categoría laboral de profesional. O sea, que no resulta difícil deducir que las disposiciones administrativas continúan impulsando y privilegiando el modelo de cine industrial y espectacular frente a las nuevas corrientes de la expresión cinematográfica, de modo que prevalecen los intereses de los grandes sobre los pequeños; en definitiva, que el desequilibrio permanece. Así anda la cosa.

4.- ¿Qué características crees tú que debe reunir un film para ser susceptible de ser subvencionable?

Miguel Castelo.- Creo que la característica fundamental es la del interés. Pero, claro, ¿quién define que un proyecto cinematográfico sobre el papel es interesante? Pues la opción política que está en ese momento en el poder. Es verdad que los proyectos los evalúan comisiones, cuya composición, como hemos visto, orienta también el resultado de las decisiones, pero antes está el diseño y características de la ordenanza o sistema de ayudas. Hay aquí, ya de principio, en el conjunto de estas disposiciones administrativas, una orientación de los resultados. Por ejemplo, si en ese sistema ya no se contemplan las ayudas a talento o a desarrollo, ya no hay posibilidad de decidir sobre estas modalidades, no es posible considerar proyectos que no entran en “el juego”. Se desequilibra, como también hemos visto, la convocatoria, cortando el paso a iniciativas diferentes, y dando preferencia a proyectos más convencionales y costosos, de una previsible comercialidad, que no siempre se cumple.

5.- Dejando a un lado las subvenciones, ¿qué otras formas son adecuadas para potenciar la cultura audiovisual en Galicia?

Miguel Castelo.- Institucionalmente, la creación de una ley del mecenazgo u otras disposiciones o  normativas de exención fiscal serían una muy buena ayuda porque promoverían que otras empresas, industriales de otros sectores y capital financiero diverso, se aproximasen a invertir en el cine, dadas las ventajas fiscales que podrían obtener. Así mismo, la implicación decidida de la Televisión Pública, una televisión seria y bien regulada, sería un motor fundamental para el desarrollo del cine y el audiovisual en general. De algún modo debería existir una normativa que regulase que las televisiones públicas deben implicarse en el desarrollo de la industria cinematográfica de su propio país.

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