Entrevista a Miguel Castelo: La historia del Cine Gallego (nacimiento, evolución y futuro).

Dídac Dalmases y Carlota Dans

Tras una serie de entrevistas, realizadas en torno a la exposición “CineGalicia25” de la Ciudad de la Cultura y el ciclo de cine organizado de forma paralela por el CGAI, hablamos con Miguel Castelo para tener otra visión sobre la historia del cine gallego.

Miguel Castelo es uno de los pioneros del cine gallego. Comenzó como cineasta en el colectivo audiovisual coruñés Imaxe, donde entra en contacto con las nacientes tendencias audiovisuales de Galicia. Su primera obra, “O pai de Migueliño” (1976), fue premiada en numerosos festivales nacionales e internacionales, al igual que su tercer y último cortometraje, “O desexo” (1992). Miguel Castelo tuvo una carrera talentosa y personal, aunque por desgracia no demasiado prolífica. Sin embargo, de alguna manera, siempre estuvo muy vinculado al audiovisual gallego, como crítico, periodista, realizador, productor, etc. Y no sólo eso, sino que hace treinta años formó parte del equipo que diseñó el primer sistema de ayudas públicas al cine gallego.

Seguimos los pasos de Castelo hasta un viejo estudio de arquitectura ubicado en los bajos de un enorme edificio del centro coruñés. Allí, de manera casi oculta, como el trabajo de Miguel Castelo, tiene lugar la entrevista.

 

1.- Con respecto al tema histórico, se suele decir que el cine gallego comienza en 1989 con los tres primeros largometrajes rodados en 35 mm: “Urxa”, “Sempre Xonxa” y “Continental”. ¿Es correcto marcar el inicio en este punto?

Miguel Castelo.- A mí me parece no desacertado que, para establecer una cronología de hechos históricos y fijar fechas, fechas fundacionales como en este caso, se utilicen criterios historiográficos. De hecho, creo que es así como suele hacerse. ¿De qué estamos hablando? ¿De historia? Pues habrá que utilizar criterios historiográficos. ¿Por qué se afirma que el cine gallego nace en 1989? ¿Por qué se hizo una presentación institucional a todo bombo, que tuvo lugar en Vigo bajo el nombre de “CineGalicia”, desde la Consellería de Cultura, donde se proyectaron “Urxa”, “Sempre Xonxa” y “Continental”, presumiblemente los tres primeros largometrajes gallegos? ¿Es esa la razón? ¿Por qué se obtuvo un rendimiento mediático que ahora institucionalmente se quiso aprovechar de nuevo? No se me ocurren otras razones. En todo caso, digo presumiblemente los tres primeros largometrajes gallegos porque no es exactamente cierto. “Malapata”, realizada por Carlos Piñeiro en 1980, dura 75 minutos. Por otra parte, otro Piñeiro, Chano, inicia el rodaje de “Eu, o tolo”, en 1978, que concluye cuatro años más tarde, en 1982, con una duración de 110 minutos. Se trata, por tanto, de dos largometrajes anteriores a los tres títulos en los que se insiste en situar el nacimiento del cine gallego. ¿Por qué no se tienen en cuenta estas películas precedentes? ¿Por qué están en 16 mm y en Super 8, respectivamente? De ser así, el criterio que se  está aplicando es estrictamente el industrial: si no están en 35 mm, no son cine. ¿Pero de qué se está hablando? ¿Y qué ocurre con los títulos anteriores a la fecha de referencia que se pretende imponer, realizados en 35 mm., pero no alcanzan el tiempo convencional de un largometraje? ¿Tampoco cuentan a estos efectos? Si la historiografía mundial señala como fecha de nacimiento del cine el 28 de diciembre de 1895, cuando los Lumière proyectan en los bajos del Grand Café, en el parisino Boulevard des Capucines, “Salida de los obreros de la fábrica”, “Llegada del tren a la estación”, “El regador regado”, etc., que como se sabe no son películas de largometraje (no era posible impresionar de modo seguido tantos metros de película y, por otra parte, el montaje aún no se había inventado), ¿por qué no se sigue este criterio para el establecimiento de la cronología del cine en Galicia? Pero es posible que sea yo el equivocado y, siguiendo a los historiadores gallegos que sostienen esta teoría, haya que revisar la historia del cine y situar su nacimiento en 1915, cuando Griffith estrena “Nacimiento de una nación”.

Sin embargo, insistiré: sin entrar en los motivos  que llevan a estas voces a mantener su opinión, creo que los criterios historiográficos utilizados para la determinación de la realidad concreta en cuestión y su situación de modo correcto dentro de su marco histórico no son los adecuados.

2.- Respecto a la evolución del cine gallego, ¿crees que se ha cumplido con los objetivos que se marcaron hace 25 años?

Miguel Castelo.- No recuerdo que institucionalmente en algún momento se haya marcado objetivo alguno. Ese es el gran problema. No existe, ni existió nunca, una ley de cine, ni unas disposiciones administrativas claras, elaboradas desde la propia institución en colaboración con el sector, en la que se marcasen objetivos.

3.- ¿Se financiaba un poco a ciegas entonces?

Miguel Castelo.- Dentro del propio sistema de ayudas públicas, cada año podía ser diferente, y muchas veces lo era. La vigilancia y la lucha han tenido que ser y siguen siendo incesantes.  La incertidumbre de la situación generó la necesidad de asociarse, y aquí comenzaron las diferencias: las cuotas eran elevadas y no todas las empresas podían pagarlas, quedando así a merced de las decisiones de las más poderosas, partidarias de un modelo de cine más industrial y “comercial”. Así que cada cual fue haciendo lo que buenamente le era posible, ante la ausencia de un objetivo común. Y menos institucional.

4.- ¿Cuáles son los nuevos retos y barreras con los que se enfrenta el cine en Galicia?

Miguel Castelo.- Mucho me temo que los nuevos retos son de carácter individual: salvar la gran distancia que hay, el abismo que media entre el proyecto, la película escrita en el papel, y la materialización de la misma; o sea, buscar y encontrar la financiación y poner en pie el proyecto. Lógicamente, a cada uno le preocupa lo suyo. El problema es que hay dos posturas irreconciliables. Ante el reducido espacio que las empresas más grandes les dejan, los productores más jóvenes, con otra visión del cine, y que de algún modo se agrupan bajo la etiqueta del denominado “Novo Cine Galego”, están en la pelea de la equitatividad entre grandes y pequeños. No puede ser que el grueso de las ayudas públicas recaiga sistemáticamente en las empresas más grandes. El cine menos industrial y espectacular, con otros intereses narrativos, de ruptura, investigación en el lenguaje, etc. debe tener una cuota de participación más alta en las ayudas públicas, aunque la Administración y parte del sector no lo entiendan o crean que no es cine. Es urgentemente necesaria la existencia de  un equilibrio entre el cine industrialmente más pesado y un cine de menos aparato industrial, que contribuya a crear y proyectar internacionalmente una imagen cinematográfica más moderna de Galicia, como de algún modo, pese a los muchos inconvenientes, está ya ocurriendo.

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