“La mirada de Ulises” (1995), Theo Angelopoulos

María Villanueva

El 28 de diciembre del 1895 los hermanos Lumière realizaron en París la primera exhibición con público del cinematógrafo. Un siglo más tarde Theo Angelopoulos rueda “La mirada de Ulises”, un personal homenaje al primer cine.

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Un cineasta griego, exiliado en los Estados Unidos, regresa a su país de origen para iniciar la búsqueda de tres bobinas perdidas de los hermanos Manakis, pioneros del cine en los Balcanes. De Grecia a Albania y Macedonia, de Bucarest a través del Danubio hasta Belgrado y Sarajevo. En su viaje a través de los Balcanes en pleno conflicto, se reencuentra con su propia historia, con la historia de su tierra y con el recuerdo de la mujer a la que amó.

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El viaje. El eterno retorno. El cine. Tres obsesiones que hacen de Angelopoulos un cineasta inconfundible. Admirable para muchos y tedioso para otros, es el cineasta griego más reconocido internacionalmente. Su discurso, calmado y bello, su aprovechamiento de la mirada en largos planos secuencia, su profundo respeto por el espectador, al que ofrece una realidad sin mutilar, sumergen al espectador en un estado de reflexión y búsqueda.

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El filme arranca con una cita platónica (“y el alma, si debe conocerse a si misma, tiene que observar el alma”) que deja paso a las Hilanderas en Avdella, 1905, primer registro fílmico de los hermanos Manakis y una clara alusión a las Moiras de la mitología griega.

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A continuación Angelopoulos nos muestra a uno de los hermanos Manakis filmando un barco desde el puerto en una plano-secuencia que mezcla presente y pasado e introduce al protagonista… y a su búsqueda. Tras esta pequeña obertura el filme arranca grandioso y lento, como un apatosaurio caminando por el fango. La historia se articula en pequeños capítulos, correspondientes a cada etapa del viaje.

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El episodio onírico en que viaja a Constanza de la mano de su madre y celebra con su familia el inicio del nuevo año desde 1945 hasta 1950, es un claro ejemplo de lo magistral de este filme. Se trata de un plano secuencia de diez minutos en el que toda la familia baila y canta al son del piano hasta que éste les es arrebatado. Finaliza con un primer plano del protagonista de niño posando para la última foto de familia en Constanza. De nuevo, pasado y presente conviven en un único plano, complejo en su realización y muy teatral en su forma.

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La secuencia del viaje en barcaza a través del Danubio junto a la estatua de Lenin fragmentada, vendida a un coleccionista alemán, constituye una excelente metáfora cinematográfica de la caída del comunismo. “Por las esperanzas rotas. Por el mundo que no cambió, a pesar de nuestros sueños”, brindan A. y su amigo en Belgrado.

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Y continúan brindando por grandes figuras del siglo XX. “Brindemos por nosotros. Nos dormimos dulcemente en un mundo, y nos hemos despertado brutalmente, en otro.” El desencanto es otro de los tópicos de Angelopoulos, que se ve plasmado sintética y poéticamente en este diálogo.

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En Sarajevo, el uso de la niebla como fuera de campo crea una paradójica sensación de transparencia velada, impide ver una barbarie a la que estamos asistiendo a través de un plano subjetivo, que aterra y muestra, sin mostrar.

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Harvey Keitel, impecable, sabe dar vida tanto a los filosóficos monólogos de Angelopoulos como a sus silencios. El personaje de Ulises/A. tiene mucho del cineasta, que dedicó toda su vida a depurar su propio lenguaje, buscando tras la cámara su propia mirada, que empieza y termina en cada filme tratando de plasmar “toda la aventura humana. La historia sin fin”.

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Maïa Morgenstern encarna a las cuatro mujeres que se cruzan con A. en su viaje. El amor del pasado, la periodista de Skopje, la viuda de Vania y la hija de Ivo Levy. Cuatro mujeres a las que A., en su eterna búsqueda, es incapaz de amar. Cuatro mujeres que representan la frustración varonil al buscar una mujer ideal que es en realidad una construcción mental de su deseo y por lo tanto no existe.

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Finalmente, destacar la carga intelectual del filme. Además de la obvia cita a la obra Homérica, la revisión de Joyce y el poema de Kavafis, existen menciones a Shakespeare, a los grandes cineastas, a grandes músicos, incluso a Van Gogh, en una cinta llena de pequeños detalles, de poesía, filosofía, pero sobre todo, de ARTE, con mayúsculas.

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